En junio de 2016, Morten Morland, el legendario dibujante y caricaturista de la no menos legendaria revista conservadora del Reino Unido The Spectator, diseñó la portada más viral en la historia de la publicación. Una mariposa cuyas alas desplegaban la Union Jack (la bandera británica aspada y tricolor, blanca, azul y roja) salía con fuerza de una caja con la bandera azul y las estrellas amarillas de la Unión Europea. Out… And Into The World, decía el titular. “Fuera… y de vuelta al mundo”. La revista defendía sin complejos el Brexit, la salida de la UE, apenas cinco días antes de la celebración del referéndum.
Más de nueve años después, este martes, la publicación, que hoy dirige el exministro conservador Michael Gove, celebró un debate cálido, acogedor y civilizado en el viejo pub Old Queen Street, cercano al Parlamento, con el actual ministro laborista para las Relaciones con la UE, Nick Thomas-Symonds, como invitado especial.
Apenas unas horas antes, la empresa demoscópica YouGov había publicado una nueva encuesta, encargada por la Asociación Británica de Operadores Turísticos (ABTA, en sus siglas en inglés), que reflejaba que un 76% de los ciudadanos respalda con fervor un nuevo acuerdo del Gobierno del Reino Unido con la UE para que los jóvenes puedan viajar, trabajar y estudiar durante largos periodos a uno y otro lado del canal de la Mancha. Lo llamativo es que, entre aquellos que en su día respaldaron el Brexit, el apoyo a ese plan de movilidad juvenil era del 61%.
No son datos que conduzcan a la sorpresa, cuando ya otra encuesta de YouGov, publicada en junio, concluyó que un 56% de los británicos afirmaba sin dudar que abandonar la UE había sido una decisión equivocada.
El Gobierno laborista de Keir Starmer, que ha realizado un sutil ejercicio a lo largo de un año para poner en marcha un acercamiento a la UE —“reinicio de la relación”, lo han bautizado— se siente ya lo suficientemente cómodo como para defender de modo explícito decisiones que antes prefería evitar. A diferencia de hace apenas dos años, cuando prefería esquivar cualquier referencia a Europa, Downing Street utiliza hoy su proximidad con Bruselas para atacar tanto a los conservadores como al populismo ultra de Nigel Farage y su partido Reform UK.
“Los dos han decidido seguir luchando las batallas del pasado, empujando al Reino Unido hacia atrás, decididos a defender la promesa de más burocracia, más montañas de papeleo y más obstáculos para los empresarios británicos”, defendió el ministro Thomas-Symonds el martes, sin que nadie se mostrara dispuesto a rebatir su argumento.
Los laboristas creen que han ganado finalmente la batalla del pragmatismo frente a la ideología. El acuerdo comercial firmado con la UE por el entonces Gobierno conservador de Boris Johnson supuso miles de millones de libras extra en costes de aduana, papeleos, personal y controles sanitarios para las empresas británicas que exportaban al continente. Thomas-Symonds defiende ahora, sin complejos, como un ejercicio de soberanía, que Downing Street haya accedido con Bruselas a un mayor alineamiento normativo. Es decir, a asumir las reglas y estándares de la UE a cambio de acceder más fácilmente a su mercado.
“La cuestión no es discutir si ese alineamiento es algo intrínsecamente malo. Es más bien si, como país soberano, es algo que nos resulta útil. Y este Gobierno cree que en algunos casos, como el SPS [los controles fitosanitarios para animales, plantas y agroalimentación que Londres y Bruselas han acordado y deben ahora negociar], está en nuestro interés nacional alinearnos con la UE. Hemos tomado esa decisión porque es pragmática. Es nuestra decisión, y la controlamos completamente”, explicó Thomas-Symonds.
El enemigo común
Incluso un asunto como la movilidad juvenil, ante el que Starmer se mostró receloso cuando firmó el pasado junio el primer gran acuerdo bilateral entre el Reino Unido y la UE de la era post Brexit, se exhibe ahora como otro gran logro pragmático del Gobierno laborista. Ya no es un espantajo que agita el debate de la inmigración, sino un avance requerido por los ciudadanos. “Estoy realmente entusiasmado ante ese programa juvenil [acordado entre Londres y Bruselas como parte del nuevo acuerdo], y va a ser una gran oportunidad para que muchos británicos puedan viajar y experimentar diferentes culturas. Será un programa muy similar al que ya tenemos con 13 países”, anunció el ministro Thomas-Symonds con un entusiasmo desconocido hasta la fecha respecto a esta cuestión en miembros del Gobierno laborista.
Porque la gran paradoja actual es que Starmer y los suyos presumen ahora de ser ellos los que han logrado aprovechar las hipotéticas ventajas que el Brexit iba a aportar, y que los conservadores fueron incapaces de explotar.
El Partido Laborista y el Conservador tienen ahora un enemigo común: Nigel Farage, y su discurso antiinmigración con el que intenta incendiar las calles del Reino Unido. Pero mientras los tories intentan desesperadamente despegarse de un populismo de derechas que amenaza con empujarles a la irrelevancia electoral, la izquierda ha decidido que su proximidad con la UE y los acuerdos firmados juegan esta vez a su favor: “Nigel Farage es incapaz de imaginar cualquier relación con la Unión Europea. Es incapaz de entender cuál es la mejor opción para las familias británicas. Necesita que el Reino Unido fracase, porque su modelo político depende de ello”, explicó Thomas-Symonds. “Tanto él como los tories son incapaces de ofrecer nada que no sean crecepelos y respuestas fáciles” sentenció.
Y Michael Gove, el hombre que dio la puñalada al ex primer ministro, David Cameron, al lanzarse a defender el Brexit en la campaña del referéndum de 2016; el político que defendió con mayor elocuencia la salida del Reino Unido de la UE, escuchó en silencio, incluso asintió, las afirmaciones del ministro laborista, sin hacer el mínimo esfuerzo por defender la causa a la que dedicó los años más intensos de su carrera política. Como muchos británicos, escuchó hablar de todo aquello como algo que ya le resultara lejano.